Caute

Comodidad


Por Diana Guerra.

Directora de CAUTE y psicoanalista con especialidad

en pareja y terapia médica familiar.

 

Cuando hablamos de comodidad nos referimos a la capacidad que tiene el ser
humano de estar en un estado agradable y no tener molestia alguna, supone que esa
situación pudiera ser placentera,  podemos conjeturar entonces,  que esa
circunstancia la  quisiéramos conservar y sostener a lo largo de nuestra existencia.
 
Cuando escribo estas líneas me pregunto si ¿ese estado realmente existe o es tan
fantasioso como la creencia de la  plenitud y satisfacción constante? Bien decía
Heráclito de Éfeso (540 a. C.)  “nada es permanente excepto el cambio” y cuando
cambiamos la adaptación a lo nuevo genera molestia y malestar, razón   de la
resistencia al cambio, el ser humano rechaza  el esfuerzo,  evita  lo incómodo, la
molestia y el malestar; es la razón por la cual, cuando  existe una experiencia que
nos  sorprende, el impacto puede ser extremo, como un accidente, un terremoto o una
muerte el ser humano siempre buscará regresar a lo conocido y controlable, tanto es
así que en ciertas circunstancias uno prefiere o elige lo menos peor, que sería lo más
cómodo, más no necesariamente lo mejor o lo más seguro. En  ocasiones esa
comodidad es más un - no hacer un esfuerzo consciente de movimiento -  que
realmente estar en un estado agradable donde uno garantice su integridad y su
bienestar.
 
Por ejemplo, un hombre que tiene un trabajo ya de muchos años, donde día con día
repite la misma rutina, convive con las mismas personas, elabora actividades y
funciones que ya no le representan un reto de aprendizaje, y está verdaderamente
cómodo, no tiene por qué  esforzarse,  simplemente existe, eso no quiere decir que
esté pleno y feliz, tal vez renuncio a la ambición de querer tener otro tipo de trabajo,
algún hobby como tocar guitarra o simplemente intentar tener una mejor calidad
económica de vida  y renunció hace tiempo al esfuerzo que implica, ocuparse en su
deseo.  
 
O pudiéramos poner un ejemplo de una mujer que se casó y sostiene una relación de
pareja  ya de algunos años compartidos, donde se llevan bien en general,  los dos
cooperan en los gastos de casa y ella se adapta  a las condiciones,  hábitos, “modos”,

familia  y rutinas de su pareja; por no tener los mismos intereses ella renuncia a su
anhelo, a las actividades que le gusta:  como salir a correr por las mañanas al bosque,
se acomoda a soportar a la suegra, abandona su cuerpo y su erotismo, porque ya no
se tiene que preocupar por gustar, no es feliz, no se siente realizada, pero está
cómoda en su relación y elige continuar así, que “agitar el avispero”. 
 
Una señora cuenta que tiene su   pareja, matrimonio ya   de adultos mayores digamos
de 65 años  en promedio,  llevaban juntos 45 años, en el transcurso de su proceso
terapéutico, la señora se quejaba de las consecuencias familiares que el alcoholismo
del señor habían generado, sin embargo, un día en consulta   sin dar cuenta del
todo,  platica lo que hizo el fin de semana, cuenta que fue a comer a un restaurante,
sin embargo, a los 5 minutos de estar sentados en la mesa su esposo se empezó a
alterar por algo que no le gustó del servicio del restaurante, alzó la voz y manoteo, la
señora le dice “ya ya cálmate ¿quieres un tequila? Mando llamar al mesero  y le
mandó pedir “su trago””; esta anécdota basta de ejemplo que lo cómodo para la
señora en el momento del acto de queja de su esposo fue calmarlo dándole una dosis
de lo que tanto dolor y malestar le ha causado a ella, pero que al mismo tiempo
sostiene.
 
Los ejemplos anteriores nos muestran esa doble cara que tiene la comodidad, por un
lado, la sensación agradable  que produce el conocer algo,  de alguna forma otorga
seguridad, el riesgo pudiera ser predecible y en ocasiones hasta gestionable, nos
permite generar rutina ante lo cotidiano, lo que genera  una sensación de
control,  tener un buen desempeño y  aunque existan dificultades se tiene cierta
certeza de  buen manejo de las mismas, en ese lugar por mucho que genere
queja  evita la ansiedad que dan los cambios.
De alguna forma es preferible no esforzarse, no promover los movimientos o
establecer limites diferentes, aquello implica riesgo, sorpresas, incertidumbre y un alto
grado de miedo. Cuando pregunto en consulta  “¿Por qué la razón de tolerar
humillaciones por parte de su pareja?” Generalmente responden,  “no es tan malo,
tiene otras cosas que si me gustan.” Hay ocasiones que en un proceso indagan  “¿por
qué si sé que me hace mal, sigo allí?” casi como inevitable o por la creencia que será
mucho peor el desplazamiento de posición ante el otro.
 
En conclusión lo cómodo a veces no lo es del todo, lo cómodo en ocasiones es más
lastimero, lo cómodo en otras situaciones es lo  menos peor.  Sin embargo,  es
importante gestionar el miedo, la ansiedad y la angustia que se experimenta cuando

se vislumbra una alteración, un movimiento o un cambio para poder generarlo en caso
de que la integridad, la felicidad y la paz personal este en riesgo. Hoy en día hay
muchas estrategias y recursos psicológicos para ir enfrentando dichas dificultades,
pero la más eficiente es un proceso terapéutico, que permita ser consciente de los
propios recursos tanto internos como es la confianza, la creatividad, conocer sobre la
estructura psicológica y la personalidad,  y aquellos recursos externos, como son las
redes de apoyo, la economía, el trabajo, etc. 
 
Pregúntate, ¿mi comodidad es plena?, ¿verdaderamente me encuentro en un estado
de coherencia con lo que siento, pienso y actúo?, ¿pudiera incomodarme para buscar
un beneficio a mi persona?, ¿puedo perder algo de lo seguro por algo mejor?  Si
contestaste que no,  a alguna de estas preguntas, llámanos.

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