Caute

Beber de las aguas de Leteo


Junio 16, 2020

Por Diana Guerra Cadeñanes

Directora de CAUTE Alianza por lo Salud Mental y psicoanalista con especialidad en la pareja y terapia médica familiar

 

El duelo por la muerte de la pareja puede ser una de las aflicciones  más difíciles de transitar, aunque no para todos, cada persona atraviesa el dolor de un modo muy particular, no obstante   he observado que algunas personas se “recuperan” más pronto de “lo esperado”,  tanto que las lenguas críticas no tardan en recordar el refrán que dice:   “el muerto al pozo y el vivo al gozo”, la incógnita quedará entre   generosidad en vida, en el probable  desgaste  en un  proceso de enfermedad   o  en la relación consumida por el conflicto  previo a la muerte,  probables razones que posibilitan  justificar el contento  expresado y el luto omitido;  sin embargo hay otras muertes que  implican la pérdida misma de la persona que aún vive en un  profundo dolor que aunque pasa el tiempo no es posible concluir, que desafía el despertar a la vida que ha cambiado tanto, al letargo de los días y las noches intermitentes entre insomnio o sueños insoportables, a esos duelos que hacen relacionarse con la propia  muerte, deseando anticiparse o debatir  con “la parca” (como burlonamente llamamos a la muerte  en México), de esas penas furiosas y confusas que hacen que la persona desee sumergirse en el desconocimiento  del afecto de desesperanza y dolor infecundo.

Desde inicio de los tiempos el ser humano a tratado de dar explicación a la sucesión de la vida hacia la muerte, hoy en día existen diversas creencias desde religiosas hasta  escépticas que intentan esclarecer  la muerte sin poder dar certeza  del misterio ocurrido en ese proceso.  De lo que si sabemos y existe basta literatura, es del proceso de duelo por la pérdida o muerte de una persona amada, es decir los profesionales en el psiquismo humano somos especialistas en el sufrimiento del que comprendemos gracias a la posibilidad de expresión en el lenguaje, en el cuerpo y en las conductas de nuestros pacientes,  observadas y estudiadas a lo largo de nuestra experiencia clínica.

La intención de este escrito es aportar al lector(a) el enlace significante que posibilite compresión al dolor intenso que supone la muerte de la pareja amorosa, ejemplificar con el mito griego del río Leteo el deseo de olvido,  conocer los factores que influyen particularmente a este tipo de duelo, comprender las fases del proceso de duelo, discernir  la utilidad de la tristeza  establecer la expresión del dolor como remedio al malestar psíquico que posibilite  conciliar con lo que resta por vivir sin compromiso a un duelo eterno y déficit de felicidad y por último el proceso necesario de estabilización que produce la adaptabilidad al cambio posterior a la pérdida.

La concepción del matrimonio y el  significante de pareja ha cambiado para las últimas generaciones,   el divorcio toca la puerta en cada dificultad,  la ideología de género incita la independencia  y el dúo ya no esperan la muerte física para separarse, a diferencia de estas generaciones aquella personas que nacieron por ahí en los años  50´s el matrimonio implicaba una decisión a largo plazo y aunque existía el divorcio o la unión libre,  hay quienes los votos del compromiso de permanecer juntos en las buenas y en las malas hizo posible sortear, no sin raspones emocionales, las dificultades y dolencias de la vida misma y disfrutar en pareja deleites etéreos y tal vez hasta  festejar  con  sus familiares y amigos  sus bodas de oro, ritual que muestra a las nuevas generaciones que ese tipo de continuidad es posible.

Durante ese tiempo la pareja construye uno  de los vínculos más íntimos que existen,  porque se comparte todo de casi todos los aspectos, tanto,  que en ocasiones es difícil definir aquel espacio de intimidad personal porque se difumina el pudor, se convive en un mismo espacio y en ocasiones se coincide hasta en  los pensamientos, como cuando repiten la misma frase sin querer. El cuerpo cuenta por medio de las arrugas las sonrisas generadas, los placeres disfrutados, el nacimiento de los hijos, el dolor en los huesos por el desgaste al andar, las preocupaciones compartidas, los sonidos molestos al roncar y uno que otro gas desagradable, que en ocasiones causa molestia y otros hasta  risa da. La pareja representa  en una misma persona la posibilidad y la conjunción de múltiples relaciones como: compañero(a), amante, padre/madre  de los hijos(as), quien da apoyo, pero también  con quien se puede pelear  y en muchas ocasiones es recipiente del mal humor.  La pareja es la proyección de la propia  satisfacción personal que se otorga y se recibe integrada con la satisfacción del otro. El vivir en pareja implica la elección de compartir en el transcurso del ciclo de vida, experiencias agradables y otras no tanto, momentos difíciles que suponen aprendizajes,  recuerdos satisfactorios y otros que es mejor olvidar.

Sí, el vivir en pareja es una elección,  pero el morir con la pareja no lo es,   por tanto cuando una de las dos personas fallece algo o gran parte de la persona que aún vive se muere junto con la persona amada, no se sabe con claridad que es, solo se siente un profundo dolor, desesperanza y deseo de alcanzarlo(a) por  donde quiera que esté. En el discurso de la persona,  se alcanza a percibir la angustia ante la ausencia y el silencio eterno de su compañero(a), reclamos a “algo” o a “alguien” que le dé razones en la lógica de la vida de los motivos de la muerte, se llega a  escuchar frases dentro de este momento del duelo como: “Me quiero morir”, “¿Por qué se lo llevo a él/ella y no a mí?” “estoy muerto(a) en vida” y un largo etcétera del discurso, que permea el insistir simbólico  de la propia muerte equiparable a  la descripción del infierno  en los antiguos escritos.

Si bien no quiero profundizar  en la  densidad de  la  mitología griega,  podemos aprovechar su lejanía a nuestra cultura y/o creencias religiosas,  y utilizar cierta versión breve de la mitología para poder ejemplificar  las semejanzas en algunos  aspectos del duelo, que me gustaría enfatizar en este escrito.

Cuentan que en el inframundo, a diferencia del cielo que reinaba Zeus,  la obscuridad y lo siniestro caracterizaba el reino de Hades,  allí iban a parar las almas que habían abandonado la vida, cuatro ríos desembocaban en el lago  Estigia  que era la frontera que separaba el  mundo de los vivos y los muertos, Aqueronte era el río de la aflicción y el dolor, Cocito el río de las lamentaciones donde vagaban las almas que no pagaron el precio, Flegetonte río de fuego que tenía el fin de castigar a las almas malvadas  y por último el río Leteo cuenta el mito que quien bebiera sus aguas, perdía irremediablemente la memoria, para poder continuar a su siguiente vida.

Es importante  para nuestro objetivo mencionar que dentro de la complicada mitología griega, existía un río muy parecido a Leteo, el río Mnemosine o río de la memoria, el cual otorgaba un gran conocimiento a aquellos  valientes que se aventuraban a  beber de sus aguas para poseer sabiduría, aunque  corrían  el riesgo de tomar de las aguas parecidas de Leteo y  olvidar hasta quienes eran condenados a vagar en el reino de Hades por los siglos.

Estos ríos podrían ser navegados solo por la barca de Caronte quien podía timonear  por el río de la aflicción y el dolor (Aqueronte) a quienes pagaban con una moneda de plata, para ser trasladados al otro lado del lago Estigia.

El duelo en ocasiones pudiera zambullir a la persona en esos ríos de aflicción, dolor,  lamentaciones y remordimientos por no haber podido ofrecer en vida a la persona amada “lo que merecía”, se abandona la vida y se va al “inframundo” (aislamiento), en esos momentos la vida parece atemporal y se pasan los días (siglos diría la mitología) sin poder acceder aquella barca que hiciera las veces de transporte hacia otro momento del duelo para posibilitar la vida.

Cuando una persona llega a mi consulta por un duelo, en algún momento de nuestros encuentros preguntó: ¿Qué de ti, se murió con ella/él? Cuando la pregunta tiene resonancia en su dolor la persona da cuenta que eso que consideraba eliminado tiene la posibilidad de ser recuperado o reparado,  algo de la esperanza se restablece y el dolor se resignifica; y otorga el lugar especial en la memoria  a lo que si correspondía de la pareja (su voz, su compañía, su presencia). Por tanto es muy importante evaluar qué tipo de relación era la que se tenía con el conyugue, ¿qué del otro si se acaba  y qué  queda tras su partida?. Una frase que ejemplifica muy bien este tipo de dependencia es la primera que dictaba Gabriel García Marques, en 13 líneas para vivir: “Te quiero no por quien eres, sino por quien soy cuando estoy contigo”. Ese ser que se es en la presencia del otro, ese pedazo de identidad  y reconocimiento que ofrece y recibe la persona por medio del  amor  es lo que muere junto con la pareja fallecida. Podemos aclarar por medio de algunos   ejemplos:   una viuda que decía sentir una gran ansiedad después de la muerte de su esposo y no poder dar otra razón más que sentir la sensación de que se ha acabado la vida junto con él, en sí  ella   se sentía desamparada debido a que éste la hacía de único proveedor, la angustia  tendría  que ver entonces, que a partir de ese momento ella tenía que ver la forma de sostener a su familia y dejar de ser la protegida para alguien.   Por otro lado un viudo,  que le encantaba cocinar para su esposa y compartir ese tiempo con ella,  al morir su esposa  él  dejo de cocinar,  decía que  no existía nada que lo confortara, después de algún tiempo   un par de  amigos llegaron sin avisar a ver como estaba y les preparó sin pensarlo  algo de comer, lo que lo hizo reconectarse con un recurso interno que el amaba hacer: cocinar y compartir su guiso con alguien.

Generalmente los sentimientos ocasionados por la muerte del conyugue tendrá que ver con los efectos de la ausencia en sí, es decir con la añoranza de la presencia, con la cotidianidad o en otras palabras con el día a día, sin embargo  existen ciertos factores que intervienen para facilitar o para entorpecer el   proceso de  duelo, y que las personas que quedan pendiente del bienestar del vivo podrían considerar u observar, para poder empatizar o entender la percepción con respecto al duelo que está padeciendo la persona, estos factores pueden ser:

Las propias creencias sobre la muerte. ¿Considera que es parte del proceso de la vida o es una desgracia? ¿cree que existe algo más allá de la muerte? ¿las creencias religiosas favorecen la paz del que falleció? ¿cree en la presencia fantasmática del espíritu? ¿cree que el alma esta penando? Etc.

Los recursos internos y externos con los que se cuente al momento del fallecimiento o que tenga la oportunidad de desarrollar a corto plazo, Internos  como hábitos, habilidades, carácter  y recursos externos donde proyectar o sublimar, la independencia  económica, el trabajo, hobbies o relaciones familiares con los que se cuenta.

El grado de intimidad, conocimiento y empatía. Es importante evaluar el grado de introversión, soledad,   la forma de la dependencia emocional que la persona tiene con sus relaciones o  sí considera que la persona que falleció era la única que podía ofrecer ese tipo de confort.

Que tanto los roles eran  rígidos y definidos o insustituibles, de tal forma que la persona que queda con vida tendrá que asumir labores de las que no se encargaba y probablemente pueda sentir la sensación de desvalimiento  o por el contrario tiene la capacidad para hacer frente sus necesidades cotidianas.

La forma o el método en que la pareja  y la persona acostumbraba a lidiar con las problemáticas de la vida, en otros momentos de la vida ¿cómo enfrentó o enfrentaron  la muerte de algún ser querido? ¿cuál fue la respuesta de la persona que aún vive? ¿depresión prolongada,  negación, rechazo a la realidad, respeto de duelo por tiempo considerable?¿es una persona flexible ante los cambios?

En el transcurso del artículo he mencionado que el duelo es un proceso, que implica   adaptación sin tiempo determinado que conlleva una serie de cambios, físicos, emocionales,  conductuales y de hábitos cotidianos, con el fin de fomentar una transformación, es decir, el duelo ayuda al reacomodo de los afectos y actos posteriores de alguna pérdida significativa. Según Elizabeth Klobber-Ross enunció las fases del proceso de duelo:

  1. Fase de negación y aislamiento. Se escuchan frases como: “no me lo puedo creer” “me parece una pesadilla” “de repente escucho su voz” , discurso  que nos hace escuchar entre líneas el deseo y la esperanza de que no sea cierto, se rrechaza hablar del tema, y se  huye o se obstruye la conversación cuando alguien pretende abordarlo.
  2. Fase de ira o rabia. La muerte de alguien a quien se ama y más cuando es de forma inesperada causa preguntas sin respuesta que provocan enojo y malestar que se expresa contra lo mundano y lo divino, así como el resentimiento está expuesto a la sensibilidad.
  3. Fase del pacto o momento de negociación, podría suceder por ejemplo en resguardar los objetos que dejo la persona amada, en leer cartas o memorias e imaginar intensamente su voz, o retomar hábitos que se hacían en conjunto con la persona (servirle un café por ejemplo) para sentir aunque sea imaginariamente su presencia.
  4. Fase de la depresión. Es de los momentos más intensos del duelo, es cuando se pondera la realidad y se da cabida al hecho de la muerte y la ausencia, es lo que describíamos unas líneas más arriba como adentrarse en las tinieblas del inframundo.

Las tres primeras fases anteriores son las que demandan un gasto alto de estrés emocional, extremo cansancio físico y tal vez por eso el cuerpo pide introspección, que la tristeza procura. Pero hay que cuidar que el letargo en  estas cuatro etapas no obstaculice la continuación del proceso.

En este tiempo es de vital importancia que la persona en duelo se procure,  aunque le cueste mucho trabajo y no tenga “ganas” de hacerlo, debe comer, tratar de dormir  lo más que se pueda y si es posible salir a caminar o disfrutar un rato del sol.

Aquí cabe otro breve relato griego: cuenta que una mujer fue al río Estigia en donde Caronte, el balsero, estaba listo para llevarla a la región de los muertos:

Rittner, 2004. “Caronte le recordó que era un privilegio beber de las aguas de Leteo (río del olvido), y si así lo hacía, ella olvidaría por completo todo lo que dejaba atrás. La mujer ansiosamente respondió: “olvidaré lo que he sufrido”. A lo cual Caronte le contestó: “pero recuerda: también olvidarás tus alegrías”. Entonces dijo la mujer: “olvidaré mis fracasos”. El viejo balsero añadió: “y también tus victorias”. Nuevamente dijo la señora: “olvidaré como he sido lastimada”. “También como has sido amada”. Entonces la mujer se detuvo a pensar la situación cuidadosamente. La historia termina diciéndonos que ella no tomo el agua del Leteo. Prefirió retener sus recuerdos, aun los de sus sufrimientos”. p.52

Y así como aquella mujer afligida deseaba que algo le arrebatara su dolor, así cuando se está en duelo se quisiera cerrar los ojos un momento y que la muerte fuera un mal sueño, sin embargo ese dolor y ese aislamiento que exige la tristeza, puede ser una oportunidad para tomarse el tiempo necesario para entrar a las profundidades de la memoria, recordar momentos,  historias,  anécdotas y sentimiento vividos con la persona amada, para a modo de colage dar forma y espacio a ese nuevo sitio donde resguardar su recuerdo. Tal vez la ambivalencia entre el deseo de  recordar, el  dolor por  añorar  y ganas de olvidar esa tortura, finalmente es el miedo de que las imágenes, aromas y recuerdos de la persona se difuminen y se extravíen en la memoria, tal vez por eso crearon las fotografías porque seguramente así sucede,  pero debemos de canalizar el afecto que no se olvida a promover un crecimiento y un aprendizaje, no sin antes haber transitado por la última fase según Klobber-Ross: la aceptación.

  1. Fase de aceptación, es el momento en que coincide el entendimiento con la realidad, en otras palabras ser consciente que la persona no va a volver, no se va a ver, ya no va a vivir y que es

Es importante considerar que el transitar por  las fases  no es una experiencia lineal, más bien tiene avances y retrocesos, no hay tiempo establecido para cada una, depende de cada persona y se puede estancar o detener en una fase por un tiempo prolongado. Sin embargo para salir de esos ríos de desconsuelo hay que pagar el precio,  una pequeña moneda la más brillante que se ponía  debajo de la lengua  según los griegos, ese  pago representa acceder al saber inconsciente, a la sabiduría de eso que no está en la lógica de lo consciente y que  podría empezar al responder  la pregunta ¿Qué de ti  murió con él/ella?  Por qué  solo por medio del lenguaje es posible el  consuelo, salir de los lamentos para pasar a la sapiencia y sensatez. En otras palabras es indispensable hacer hablar a ese malestar, a esas sensaciones, al reajuste,  al proceso cotidiano y a las nuevos hábitos, con la compañía de alguien;  el personaje de Caronte y su balsa, proporciona la representación de ese espacio contenido y una persona   que escuche, con atención, que tenga la paciencia y no se deje contaminar con sus propios miedos, dolores o creencias con respecto a la muerte, el vínculo empático es la clave que ayuda a sanar aquella herida simbólica que queda de la persona que partió, literalmente en dos,  un vínculo único e íntimo, como mencionamos anteriormente.

Desde mi práctica considero que  hay algo clave que es imprescindible  valorar,  emancipado por supuesto  la dependencia emocional con la pareja fallecida,  y es ¿Qué tanto la persona que aún vive,  realmente está conectada a las ganas de existir? ¿Qué tanta fuerza y vigor se tiene para salir de este proceso? Ese deseo, esa energía o pulsión de vida es fundamental para soportar el proceso; si la persona pierde este sentido de vida, pierde la posibilidad de reivindicar el tiempo que aún le queda, aprovecharlo para gozar y disfrutar, de los placeres y las satisfacciones de la vida, el disfrute de la naturaleza, de los vínculos con los hijos(as) la sonrisa, ocurrencias  y las travesuras de los nietos(as) o seguir produciendo arte, escritos  o  más trabajo.

Si se produce esa sensación de reconexión con la vida,  inicia un nuevo proceso que podríamos llamar como estabilización y que he desarrollado en una integración de  las teorías del cambio, procesos de transición y crisis, que consiste en otros cuatro estadíos y son:

  1. Determinación. De alguna forma a pesar de la tristeza sentida existe la decisión de continuar, se produce el reconocimiento del futuro próximo. Se busca información, se aperturan las  En este estadio, se requiere de humildad para  admitir las  incapacidades, solicitar  ayuda  y sobre todo aceptarla, hay que considerar que esas soluciones tienen que estar en función de la realidad de la persona, por ejemplo, no se le puede mandar de viaje a alguien que no tiene ni el deseo ni la posibilidad física o económica  y  la  apertura de conocer nuevos mundos, por muy reconectado que este a la vida.
  2. Adaptación. Es un periodo reflexivo, donde  el perdón viene a sanar las heridas, se otorga el lugar de respeto y se cede al aferre del  pasado para dar cabida a  nuevos pensamientos, energía positiva y asimilación del presente.
  3. Integración. Se produce cuando se va percibiendo el sentido de la nueva etapa y el establecimiento de nuevas metas y  sueños.
  4. Y finalmente el mantenimiento u homeóstasis. Que produce la sensación de  éxito o plenitud, se tiene la posibilidad de reconocimiento de  recompensas emocionales como la  confianza, la  serenidad, la paz y el  

Es trascendente enfatizar que la transición a estos estadios no van en orden, se vivencian,  se producen y se mezclan con el proceso del tiempo, y no quiere decir que la tristeza ya no va doler, sino más bien lo será de forma diferente, acotado y temporal y no desde ese lugar del inframundo que en psicoanálisis lo llamamos goce mortífero.

A modo de conclusión podría decir que el conocer y esclarecer los procesos y los factores que se viven durante un duelo, posibilita a la persona identificarse y promover la esperanza; el acercamiento a la muerte desde este lugar permite otórgale valor al tiempo que aún queda, y aunque se extraña a la persona amada, permite la plenitud y posibilita el acercamiento al final del propio tiempo desde la integridad y no desde el dolor, no desde el miedo sino de la gratitud.

Y por último una frase más de García Márquez que termine de dar cuerpo a estas líneas: “No llores por que ya se terminó, sonríe por qué sucedió”.

 

 

Bibliografía

Hernández. D. (abril 2017). El viaje de las almas al más allá. El infierno de los griegos. España: HISTORIA National Geographic. www.nationalgeographic.com.es

García, M.G. Gabriel García Márquez:13 líneas para vivir. AL Actualidad Literatura. España: www.actualidadliteratura.com.mx.

Moreno, C.(2015). La muerte y el duelo a través de los cuentos. España: Kolima.

Kübler-Ross, E. (1997). La rueda de la vida. España: Espiritualidad.

Rittner, M.  (2004). Aprendiendo a decir adiós. México: Planeta.

Buckma, R. (2001). ¿Qué decir?¿cómo decirlo?. Colombia: Kimpres Ltda.

Rolland, J. (1994). Familias, enfermedad y discapacidad. México: Gedisa.

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